‘JULIO CABRERA, el alma del SANTUARIO de la YERBABUENA… y su inmenso arte’: Vallarta Opina: PV gente, por Diletante, 28/02/2013…4 videos de Julio Cabrera y el Santuario de La Yerbabuena, Jalisco.

Published March 2, 2013 by goyodelarosa

28/02/2013

El cumpleaños de Héctor Pérez Montemayor

El convite fue generoso y sincero; una comunión de amistad llevada al éxtasis donde el hombre rinde culto a la naturaleza sin más remilgos que un escenario creado por el arquitecto universal, ni más alimentos que los que la tierra produce.

   

    

Un encuentro de familia y amigos

Por Diletante >

diletante62@yahoo.com.mx

La serena belleza invernal de la campiña en las postrimerías de la Sierra Occidental, en el poblado de La Yerbabuena, fue el acogedor escenario de un festejo original y un encuentro de familia con amigos para compartir la mesa y estrechar lazos de amistad. La ocasión; el onomástico de Héctor Pérez Montemayor, hijo de Héctor Pérez García y su esposa Evita Montemayor.

Varios caminos convergieron el sábado 16 de febrero en el poblado de salutífero nombre, donde en la cúspide de una loma, el Santuario de la Yerbabuena, con los anfitriones al frente se recibió a familiares y  amigos procedentes de la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y Puerto Vallarta. El hostal, erigido por un hombre excepcional, Julio Cabrera, lució sus mejores galas para ofrecer una comida compuesta con platos locales donde la raicilla de Juanacatlán, los quesos de  Mirandillas, las “gorditas” de doña Librada y el pipián de pollo, clásicos platos de fiesta por estos rumbos,  deleitaron el paladar de propios y extraños.

Se escogió el lugar por su belleza campirana; genuina muestra de nuestra campiña ubicada en un hermoso y fértil valle rodeado de montañas de donde fluyen libremente lo mismo ríos caudalosos que placidos arroyos. Lugar que irradia vitalidad a través de sus frescos vientos y brinda al visitante un espectáculo maravilloso cada noche, en un firmamento jaspeado de estrellas, y en esta ocasión con el refulgente farol de una luna menguante colgada del cielo.

No fue el festín comilona fastuosa  donde se cuida con celoso esmero la armonía de pitanza y vino; ni postinero proscenio donde se lucen pompa y circunstancia de los convidados. El convite fue en cambio generoso y sincero; una comunión de amistad llevada al éxtasis donde el hombre rinde culto a la naturaleza sin más remilgos que un escenario creado por el arquitecto universal, ni más alimentos que los que la tierra produce.

Como en toda fiesta de presumir, la familia completa desde los abuelos hasta los nietos más pequeños colaboró en la organización de la fiesta donde hubo de todo; solemnidad, alegría, regocijo, diversión y buena comida y bebida. Al crepúsculo, como preámbulo para el baile hizo aparición el cazo de los los elotes recién recogidos de la milpa vecina; tiernas mazorcas dentadas que explotaban en dulzor.

Julio Cabrera, el alma del Santuario de la Yerbabuena apareció con su inseparable zarape de lana, y guitarra en ristre se sentó frente a un micrófono para deleitarnos con su inmenso arte; canciones de antaño plenas de sentimiento y remembranzas, cuerdas de la guitarra que gimen al tacto del artista quien con voz moldeada por el tema lo mismo emite pesar o aflicción que alegría y euforia.

Mientras que la noche toca a la puerta la música de los jóvenes, nos gana la partida y de pronto todo mundo baila los sones modernos;  la gente madura sorbe un tequila añejo y el viento nos recuerda la presencia del invierno. Se encienden las chimeneas y se siente el olor cercano de la olla del pozole que apaciguará los excesos de la raicilla omnipresente.

Antes, al final de la comida, las hermanas de Héctor sorprendieron a todo mundo con un hermoso pastel de cumpleaños, almendras y chocolate en antojable binomio. Lo anterior no fue obstáculo para que en las mesas lucieran platones con los dulces del terruño: rollo de guayaba, higos confitados, almendras de leche, arrayanes cubiertos.

La mayor parte de los convidados no conocía Mascota y sus alrededores, región llena de historia y leyendas; lugar que ha cuidado su identidad y cultura. Pueblo descendiente de  aventureros mineros venidos de allende el mar y de nuestros padres nativos. Pueblo serrano rico en productos lácteos y frutas de montaña; población que saluda con respeto al cruzarse con un forastero. Lugar de viejos encantos, de ancestrales costumbres y gastronomía propia. Los convidados a la fiesta llenaron la media docena de pequeños hoteles de Mascota y disfrutaron de sus calles limpias, sus buenos comederos y la ausencia de cantinas, bares y otras manifestaciones nocivas.

Al día siguiente muchos emprendieron el regreso a sus lugares de origen, otros, más afortunados permanecieron para acudir a comer a la orilla del lago que forma la Presa Corrinches, a tiro de piedra de Mascota. Sin embargo, a todo mundo impresionó la pequeña población de La Yerbabuena; comunidad limpia, ordenada, con casas de fachadas recién pintadas y  techos de tejas rojas. Pueblecito lleno de flores y gente amable, tan pequeño que parece envuelto para regalo.

Desde aquí deseamos a los “mascotenses” y pobladores de La Yerbabuena que sepan conservar su tesoro; que alejen a los modernos “desarrolladores” y especuladores que prometiendo progreso, lujos y modernidad, acaban con la esencia de los pueblos: su cultura e identidad.

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